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Historia de los Tsunamis en Concepción

actual Ciudad de Penco

 

Coronelcity presenta a continuación La Historia de Los Tsunamis de Concepción, actual ciudad de Penco, por tratarse de una ciudad Costera cercana a Coronel y debido a que a las fechas de ocurridos los hechos son anteriores a la fundación de la ciudad.

Los datos son extractos de la Historia de Chile de Francisco Antonio Encina.

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El Terremoto del 8 de febrero de 1570 destruye Concepción.

 


             La racha antiguerrera que, en su exaltado celo por la suerte del indígena, desató el obispo de La Imperial, distaba de ser la última de las calamidades que la fatalidad se había propuesto desencadenar contra el gobierno dé Bravo de Saravia. Un gran terremoto arruinó a Concepción. El 8 de febrero de 1570, a las nueve de la mañana, "vino repentinamente un temblor de tierra y terremoto en aquella ciudad, tan grande que se cayeron la mayor parte de las casas, y el suelo se abrió por tantas partes que era admirable cosa verlo; de manera que los que andaban por la ciudad no sabían qué se hacer, creyendo que el mundo se acababa, porque veían por las aberturas de la tierra salir grandes borbollones de agua negra y un hedor a azufre pésimo y malo que parecía cosa de infierno: los hombres andaban desatinados, atóni­tos, hasta que cesó el temblor. Luego vino la mar con tanta soberbia que anegó mucha parte del pueblo, y retirándose más de lo ordinario mucho, volvía con grandísimo ímpetu y braveza a tenderse por la ciudad. Los vecinos y estantes se subían a lo alto del pueblo desampa­rando las partes que estaban bajas, creyendo perecer" (Alonso de Góngora Mar­molejo). A pesar de encontrarse reunida en la iglesia la mayor parte de la población en el momento de producirse el terremoto, no hubo vícti­mas. La tierra siguió temblando durante cinco meses.
Al peligro de las salidas del mar, pronto se añadió el de los indios. Felizmente los españoles, al refugiarse en las lomas vecinas a la ciudad, habían tomado precauciones contra un posible asalto de los ma­puches, y éstos, encontrándolos prevenidos, se retiraron después de un amago. Eloidor Torres de Vera, que andaba con 100 soldados en los campos vecinos al Laja o Nivequetén, acudió en auxilio de la ciudad apenas supo la catástrofe. Con las maderas de los edificios destruidos, se construyó un recinto fortificado, Las provisiones se repusieron con trigo traído de Santiago y de Valdivia.
Cinco meses más tarde, el 8 de julio de 1570, los oidores, el cura, el superior del convento mercedario, los miembros del cabildo y los veci­nos más notables, iniciaron la construcción de una ermita en el lugar' que les había servido de refugio. Se declararon días festivos el miérco­les de ceniza, aniversario del terremoto, y el día siguiente, y se compro­metieron a organizar todos los años una procesión, en la cual debían llegar descalzos hasta la ermita para oír una misa cantada. En los tiempos de Córdoba y Figueroa; o sea, siglo y medio más tarde, aún se realizaba la procesión, pero ya con poco fervor.

 

Terremoto y posterior Maremoto
15 de Marzo de 1657

                        A las siete y media p.m. del 15 de marzo de 1657 un espantoso terremoto, cuyo centro parece haber sido la costa de Concepción, sa­cudió el territorio desde el Cautín hasta el Maule. En esta extensa   región, asolada poco antes por los indios, no quedaba más ciudad que Concepción. La sacudida derribó los templos y las casas, que al caer aplastaron a algunos de sus habitantes: Los víveres y los haberes de los pobladores se habrían podido salvar en parte si no hubieran seguido al remezón 3 (tres) Salidas consecutivas del Mar. A las nueve y media de la noche, advirtieron los habitantes que el mar se retiraba considerablemente de la playa, y poco después una ola gigantesca, que alcanzó hasta la plaza, arrasó con los muros agrietados que el templo dejó en pie. El maremoto se repitió por 2 (dos) veces más, en medio de fuertes remezones que se sucedían con cortos intervalos.
                       La mayor parte de la población alcanzó a salvarse, refugiándose en las lomas vecinas. El número de muertos excedió poco de 40  personas. Mas la población entera quedó sin techo y sin víveres a entradas de invierno, y los vecinos, ya arruinados con la destrucción de sus haciendas, al perder sus ropas, sus muebles, sus víveres y cuan­to poseían, quedaron reducidos a la última miseria, sin más socorro posible que el que quisieran prestarles sus hermanos de Santiago.
                       En ausencia del gobernador, el obispo de la diócesis, Dionisio Cimbrón, procuró reconfortar a los aterrados pobladores con cere­monias expiatorias encaminadas a aplacar la cólera divina.

 

8 de julio de 1730

Por el sur, los efectos directos del terremoto se hicieron sentir en Chillán y en Concepción, donde derrumbaron varios edi­ficios y agrietaron los restantes, y se extendieron, con menos intensidad, hasta la plaza de Valdivia.

En las costas, los efectos se agravaron como consecuencia de uno de los mayores maremotos que registra la historia de los movimientos sísmicos, que abarcó desde el Callao hasta Valdivia. "El 8 de julio del presente año escribe el Virrey marqués de Castel Fuerte se advirtió en este mar la nunca vista novedad de elevarse lentamente hasta cubrir los parapetos y fuertes que resguardaban sus ímpetus, retirándose algunos pasos con la misma lentitud, lo que duró todo aquel día y parte del siguiente cuyo suceso fue sólo amago de la justicia divina. En Valparaíso el mar inundó  las partes bajas y arrasó las bodegas más inmediatas a la playa o inutilizando 80.000 fanegas de trigo, que estaban listas para ser embarcadas. “En Concepción, las aguas, como en otras ocasiones, se retiraron media legua de la playa y, por cuatro veces, una ola gigantesca cubrió la parte baja de la ciudad, derrumbando todo lo que el terremoto había de­jado en pie. A raíz del remezón de las 4 y 45 de la mañana, el mar hizo una tercera salida, mayor que las dos primeras, en la cual "entrándose por las plazas y las calles de esta ciudad, al retirarse dejó arruinadas de las tres partes las dos de sus templos, sus casas y sus edificios, llevándose consigo cuanto encontró dentro de ellos y lo que no Pudieron sacar las ondas lo de­jaron sepultado en sus ruinas". El palacio de los gobernadores cayó a pio­rno: "Cayeron las cajas reales, la sala de armas y municiones, la veeduría general, la guardia principal, los cuarteles de caballería 'e infantería, las casas del ayuntamiento, las cárceles públicas, y en suma, de tres partes las dos de las más principales casas y edificios de esta ciudad con los grane­ros, las bodegas y tiendas de mercaderes." (Carta del obispo Escandón al rey.) La avenida "sacó encima de sus olas todas las alhajas que halló en las casas, capaces de boyar sobre ellas. Allí nadaban las camas, las sillas, mesas, las cajas, sin que nadie pensase más que en ver por dónde podía par, que algunos lo hicieron por las ventanas, porque ya el agua había ga­nado las puertas y no daba lugar para coger la ropa con qué cubrirse ni menos; y así muchos desnudos, como los cogió la noticia de la salida del mar, huyeron a los cerros; hasta el señor obispo, el doctor don Francisco Antonio Escandón, que al presente se halla de arzobispo en la ciudad de los reyes o Lima, a donde fue promovido desde Concepción". (Crónica jesuita)


Los temblores de menor intensidad siguieron repitiéndose, con cortos intervalos, durante catorce meses. (Legua aprox. 5 Klm.)

 

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El terremoto del 25 de mayo de 1751arruina el centro-sur:
Cambio de la ciudad de Concepción.


 
        A Manso de Velasco le había cabido en suerte gobernar un país que se reponía de un gran terremoto; a Ortiz de Rosas le estaba reservado pre­senciar la ruina de mucha parte de los progresos realizados bajo el hábil gobierno de su predecesor y del suyo propio. A la una y media de la madrugada del 25 de mayo de 1751, un fuerte temblor derrumbó la torre la catedral de Santiago, una capilla en Renca y numerosas casas y mu­rallas mal construidas o ya agrietadas por los terremotos anteriores. Los arcos interiores de ladrillo del templo de la Compañía quedaron inutiliza­dos. Los temblores continuaron sucediéndose a cortos intervalos. Todo inducía a suponer que se trataba de un gran terremoto, cuyo centro esta­ba algo lejano.
Efectivamente, en la noche del 23 de mayo, un fuerte remezón de tierra había sembrado el pánico entre los habitantes de Concepción que conser­vaban frescos los recuerdos del gran terremoto que arruinó la ciudad en 1730, y el del 28 de octubre de 1746, que arrasó a Lima y al Callao. La casi totalidad de los pobladores se mantuvo alerta todo el día y la noche si­guiente, esperando un nuevo cataclismo.
"A poco más de la 1(una) de la mañana - refiere un testigo presencial ­vino un fuerte remezón, con el que todos precipitados corrimos cada uno en la forma en que se hallaba a los patios de las casas, y apenas empezábamos a pedir a Dios misericordia, cuando descargó diez minutos después del primero un terrible temblor de tierra que sólo de oír los bramidos que ésta daba apenas había quien no estuviera fuera de sí. Su mayor fuerza me pareció que duraría como seis minutos. En cuyo tiempo se reconocieron tres repeticiones más fuertes alcanzándose el uno al otro; y no quedó en es­te instante templo, casa grande ni pequeña que no se arrojase, pues ni aun las personas se podían mantener en pie ni huir de las casas" (Claudio Gay).
            Los pobladores presintieron en el acto que, lo mismo que en los terre­motos anteriores, el mar iba a salir y a arrasar con los escombros y con los que no alcanzaran a huir. Mas la fuga se presentaba esta vez más difícil. Varias personas habían quedado aprisionadas entre los muros caídos; otros estaban cercados por las ruinas, y la oscuridad de la noche impedía orientarse en medio del hacinamiento de adobes, maderas y tejas. Los temblores seguían repitiéndose: "Los más animosos no creían llegar a ma­ñana."
Por suerte, contrariamente a lo esperado, la Salida del Mar tardó mas de media hora, y en este espacio de tiempo, todos los que estaban en esta­do de servirse de sus piernas lograron ganar las alturas vecinas, remontando, sus flancos profundamente despedazados por el cataclismo. Desde la altura pudieron divisar que el mar se retiraba, dejando en seco más de tres leguas de playa, y que, como a los siete minutos, "volvió con grandísima fuerza, encrespando ola sobre ola con tanta altura que excediendo sus límites, superó y coronó toda la ciudad entrando con más violencia que la carrera de un caballo. Retiróse con gran fuerza y llevándose tras de sí todas las paredes aún no caídas y muebles de todas las casas, quedó esta ciudad como la plaza más escueta". Un buque que estaba surto en el puerto, se varó en medio de la ciudad en la primera salida del mar. Mas, en la Tercera, que parece haber sido mayor, volvió a flotar, y anduvo sin rumbo toda la noche, mecido por las olas. Unas treinta personas, en su mayoría ancianos y enfermos, que no alcanzaron a ganar los cerros, perecieron en la primera salida de las aguas.  
Los habitantes quedaron sin techo, sin pan y sin ropa, a entradas de un invierno excepcionalmente crudo y lluvioso. En los primeros días se alimentaron con los peces que el mar había dejado entre los escombros. El navío, una vez que recobró el gobierno, les trajo desde la isla de la Quiri­quina, donde el mar los había arrojado, los muebles y las ropas utilizables.
            La ciudad de Chillán, las villas de Cauquenes, Talca y Curicó y casi to­da la edificación rural, rehechas después de la catástrofe de 1730, queda­ron reducidas a montones de escombros. Y como si todo se hubiera conju­rado las avenidas de los ríos hacían imposible las comunicaciones y el so­corro de los pobladores. El río Chillán, saliéndose de madre, arrasó los po­cos muros que el terremoto dejó en pie.
            El anciano gobernador se dirigió al sur en la primavera. Mudó sin dificultades la ciudad de Chillán a un asiento más alto que, si no la ponía a cubierto de los terremotos, a lo menos la protegía contra las crecidas del río. No era cuerdo reedificar a Concepción en su antiguo asiento, donde estaba expuesta a los maremotos, y resolvió trasladar la ciudad a un sitio más alto. Pero cuando se llegó a la elección del lugar, sus pobladores se di­vidieron en tres bandos distintos. Ortiz de Rosas creyó que debía permi­tidles decidir por sí mismos, para lo cual los convocó a un cabildo abierto. Prevaleció por mayoría de votos el llano que se extiende entre el Andalién y el Bío-Bío, donde habían estado los indios que se. trajeron de la Mocha, y el gobernador procedió a trazar la ciudad y a repartir los solares entre los antiguos vecinos. "Se señaló un frente de la plaza - dice Gómez de Vidaurre para catedral, palacio y seminario episcopal; otro para casas del gobernador

 

El Terremoto de 1835 arruina el centro sur del país.

      En la tarde del 20 de febrero de 1835, el coronel Ramón Boza, intendente interino de Concepción, despachó un propio con un oficio al go­bierno, en el cual le comunicaba la ruina de la ciudad. "A las 11 Y.1 del día -decía- un terremoto tremendo ha concluido con esta población. No hay un templo, una casa pública, una particular, un solo cuarto; todo ha concluido: la ruina es completa. El horror ha sido espantoso. No hay espe­ranzas de Concepción. Las familias andan errantes y fugitivas; no hay albergue seguro que .las esconda: todo, todo ha concluido, nuestro siglo no ha visto una ruina tan excesiva y tan completa.

                    El terremoto se dejó sentir con fuerza en la extensión de 300 leguas comprendidas entre los ríos Cachapoal y Valdivia. Su centro fueron las ciudades de Concepción y Chillán, donde adquirió las mismas propor­ciones que 104 años más tarde el terremoto del 24 de enero de 1939. Pasa­das las 11 de la mañana del día 20 de febrero, se sintió un ruido aterra­dor, seguido de un violento remezón de sur a norte, que no permitía a los pobladores mantenerse de pie. La tierra se movía en forma de olas mari­nas que parecían avanzar de sur a norte. Al ruido ensordecedor del terre­moto, se añadió el producido por el derrumbe de los edificios, descuajados desde sus cimientos. Una nube de polvo, que hacía difícil la respira­ción, envolvió el montón de escombros a que quedó reducida la ciudad. Cada nueva sacudida venia acompañada de estampidos, que hacían la presión de haber reventado un volcán debajo de la ciudad.
               Se recogieron 34 cadáveres; desaparecieron 30 personas: se hospitalizan 10 heridos graves y el número de heridos leves y contusos se calculó en, 500.

              La misma suerte de Concepción corrieron Chillán, Yumbel, Rere, Los Ángeles, La Florida, Coelemu, Talcahuano, Penco, Tomé, y Colcura. En los puertos, las marejadas del mar arrasaron con los escombros que amontonó el terremoto. Carlos Darwin, quien llegó a Talcahuano trece días después del terremoto, refiere que en ese puerto las olas del mar lanzaron un cañón de cuatro toneladas a cinco metros fuera de la fortaleza. En Juan Fernández se observó la aparición de una columna de humo que emergía del mar.
El origen volcánico del terremoto dio pie a la creencia popular, que perduró por más de medio siglo, de que unos indios expulsados de Talcahuano, en venganza, habían tapado el cráter del volcán Antuco, a fin de que reventara en ese puerto. En las tradiciones del siglo XIX, esta catástrofe figura con el nombre de "la ruina", en Concepción y Chillán, y el temblor grande, en el resto de la zona afectada.
               En toda la zona que abarcó el terremoto, se recogieron unos 120 cadáveres. Es imposible estimar el número de los que quedaron sepultados en los escombros, de los carbonizados por los incendios y de los que arrastraron las olas del mar en los puertos. En todo caso, el número de Victimas fue muy bajo, atendida la intensidad del terremoto, como consecuencia de la escasa densidad de la población y de la hora en que se produjo.

 

 

Carta de Inundación por Tsunami para Coronel por la Armada de Chile en Pdf Click aquí (Aprox. color azul, de Tsunami de 1835)

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